Crecí en Casarabonela, un pueblo blanco de la Sierra de las Nieves donde mis padres tenían un mesón.
La vida allí se medía en comandas, tapas y sobremesas eternas que sabían mejor que el postre.
Entre platos, conversaciones y gestos a media voz, aprendí a observar.
A escuchar sin interrumpir.
A intuir cuándo alguien tenía un buen día… o necesitaba un extra de pan (o de charla).
Ahí empezó, sin darme cuenta, mi relación con las personas, con los matices, con las versiones que cada uno lleva dentro.
También con las mías… Porque, como las buenas historias, yo también tengo capas.